Son las únicas que no han salido damnificadas por el impacto del coronavirus en la industria de la moda. Las mascarillas, lejos de salir perjudicadas, han ganado tanto en su versión sanitaria como en la de complemento en un sector en el que la Organización de Naciones Unidas (ONU) cuantifica el impacto de la epidemia en 1.600 millones de dólares.

El COVID-19 no ha hecho más que potenciar una tendencia que ya llegó hace tiempo como accesorio de moda urbana y, a su vez, como símbolo de protesta por el riesgo que supone para la salud el cambio climático, con impulsores de la talla de la popular cantante Billie Eilish. Las firmas de moda han hallado en el pánico por el contagio un filón al que sacar provecho sumando nuevos modelos a los que ya ofertaban. Fendi, Louis Vuitton y Off White ya han agotado las existencias de las suyas pese a su costo, que oscila de los 100 a los 200 dólares por unidad. Aunque si uno es habilidoso puede hacer como la mujer que acudió al desfile de Chanel, durante la Semana de la Moda de París, con una mascarilla básica negra decorada con tres camelias, símbolo de la ‘maison’ francesa.

Las mascarillas más exclusivas

Toda la historia de la relación de la moda con las mascarillas comenzó durante la Semana de la Moda de París. Cogiendo el testigo a Milán, y con el brote italiano comenzando a explotar, los diseñadores Paco Rabanne y Dreis Van Noten fueron los primeros en adoptar medidas regalando mascarillas a la entrada de los desfiles.

La diseñadora Marine Serre fue un paso más allá y decidió subir las mascarillas a la pasarela diseñando modelos a juego con sus propuestas para la próxima temporada. Tras esta pionera, el resto de firmas se pusieron las pilas y casas emblemáticas como Gucci o Louis Vuitton lanzaron al mercado sus mascarillas.

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